Exposiciones

Llámame Sinsorga

Carmen de la Victoria

Pasión & Placer

 

PASIÓN & PLACER

     (Re)Visiones en Gran Formato

 

      En el principio de la Visión, el ser humano creó la máscara trágica, a imagen y semejanza de Dionisio (el dios del desorden, del vino y de los placeres); y bien, también a imagen y semejanza de Apolo (el dios de la forma bella y ordenada, de las artes y de la técnica): el resultado fue un híbrido divinamente monstruoso. Dos caras de la misma moneda. En segundo término, se discute y se afirma, en vano, que el principio visionario realmente surge de la escultura negra y totémica, pero para la intachable y adusta sabiduría occidental: ¿qué es el arte africano sino pura y chabacana hechicería? Siglos más tarde, y para que os situéis espacialmente, mucho antes de que se inventara la cámara fotográfica (dibujad en una hoja blanca una línea roja y recta, sin combaros, y situad un punto azul oscuro en el crono-plano, donde más os plazca), pues bien, en ese lugar y ese momento precisos, exactamente en ese punto que habéis marcado al azar, se impuso la imagen barroca del rostro de Cristo crucificado; y con objeto de simbolizar al Espíritu Santo, un sillón vacío… el mismo sillón que se vio obligado a abandonar Cronos cuando fue derrocado por sus propios hijos… quién sabe… 

      En realidad, nadie puede saberlo, ni visualizar a ciencia cierta la estancia donde se encontraba aquel endiablado sillón verde. El dios Cronos, por su parte, nunca ha dejado de sentir nostalgia por aquella mitológica Edad Dorada en la que él mismo gobernó. Por el contrario, Clarice Lispector confiesa que su valor como artista no reconocida en la historia del arte blanco, fue el de un sonámbulo que simplemente avanza, empujado por alguna ofuscada pasión. Nos confiesa que sus previsiones condicionaron de antemano lo que después vería. No eran las conjeturas de la visión las que le afianzaron hacia su meta, nos dice, porque éstas ya tenían el tamaño de sus precauciones. Sus previsiones, poco placenteras, sentencia, le cerraban el mundo. Hasta que durante horas desistió: “Y, Dios mío, tuve lo que no quería”. 

      Ahora podemos verlo más claro. Ni ella ni nadie se esperaba tan gran discordancia: “No quiero lo que he visto. Lo que he visto hace pedazos mi vida cotidiana”. 

      Por esta razón, nos encontramos ahora al borde del plano de composición estética caminando en sentido inverso, a través de nuestro más difícil espanto, en dirección a la destrucción de todo lo que con monumental esfuerzo hemos creado. Ya no importa si lo que hemos creado es arte o no es arte en absoluto… sabemos que ahora la creación, el amor, la naturaleza, e incluso los objetos pueden prescindir de nosotros, los humanos visionarios: “Esa cosa sobrenatural que es vivir. El vivir que yo había domesticado para volverlo familiar. Esa cosa valerosa que será entregarme, y que es como abandonar la mano en la mano sombría de Dios, y cruzar el umbral de esa cosa sin forma que es un paraíso. ¡Un paraíso que no quiero!”. Como Clarice, tenemos avidez del mundo, deseos intensos y definidos, no obstante, en cuanto a nuestras pasiones, continúan siendo para nosotros como una boca que come. Y lo peor es que muchas veces comemos sin ningún placer. Hemos perdido todo lo que se podía ser, y aun así seguimos siendo. Seguimos observando, seguimos mirándonos, ¿sin vernos?: “Todo lo que me caracteriza es solamente el modo como soy más fácilmente visible a los demás y cómo termino siendo superficialmente reconocible para mí”. 

      En este sentido, la despersonalización, la gran objetivación de una misma es la mayor exteriorización a que se llega. Seguimos vivas y vivos, al parecer, según los más creyentes, en una fase muy elevada, y como ejemplo de esa sublime elevación, en nuestras instantáneas de Gran Formato, hemos captado un sillón verde vintage, un dolmen olvidado desde el Neolítico (con su insalvable vacío oteiziano), y el tótem fálico de quien posee y privatiza la Luz: “La desheroización de mí misma está minando subterráneamente mi edificio (…) La desheroización es el gran fracaso de una vida. No todos llegan a fracasar, porque es demasiado trabajoso, es preciso subir antes penosamente hasta llegar por fin a la altura desde la que se puede caer (…)”. Seguimos cayendo, mientras fotografiamos, y es por esto por lo que el sujeto del arte visionario no está seguro de si encararse con la visión entera o quedarse dormido en el vacío mullido del sillón, incluso si ello (el acto de fotografiar) llega a significar tener una verdad, o incluso si la valentía de encararnos a dicha verdad llega a proporcionarnos algún placer: “Cualquier inicio de pensamiento me hace hervir el cerebro”.

      En el principio fue la Visión de la imagen, luego la reflexión sobre la imagen tomada. ¿La revelación? Quizá la revelación sea lo que finalmente nos salve. Pero por principio tememos la pasión, ahora más que nunca. No, el arte ya no nos puede salvar: “Ya que tengo que salvar el día de mañana, ya que debo tener una forma, porque no me siento con fuerzas para permanecer desorganizada, ya que fatalmente necesitaré encuadrar la monstruosa carne infinita y cortarla en trozos asimilables para el tamaño de mi boca y la capacidad de visión de mis ojos, ya que fatalmente sucumbiré a la necesidad de forma que procede de mi pavor de permanecer sin límites, entonces al menos que tenga yo el valor de dejar que esa forma se forme enteramente sola como una costra que por sí misma se endurece, la nebulosa de fuego que, enfriándose, se convierte en tierra. Y que tenga el gran valor de resistir a la tentación de inventar una forma”.

      Clarice, por supuesto, tiene una visión de sí misma como sujeto creador: “Voy a vencer mis últimos temores ante el mal gusto, voy a comenzar mi ejercicio de valentía, vivir no es valentía, la valentía es saber que se vive, y voy a decir que en mi fotografía yo veía El Misterio. Furtivamente, la sorpresa me invadía, solo ahora me doy cuenta de que era sorpresa lo que me invadía: en la mirada sonriente había un silencio como solo he visto en los lagos, y como solo he escuchado en el silencio mismo. Nunca, hasta entonces, se me había ocurrido pensar que un día me encontraría con este silencio. Con la desintegración del silencio. Echaba yo una ojeada sobre el rostro fotografiado y, durante un segundo, en aquel rostro inexpresivo el mundo me miraba a su vez, también inexpresivo. ¿Ese —solamente ese— ha sido mi mayor contacto conmigo misma? La mayor profundización muda a que he llegado, mi vínculo más ciego y directo con el mundo”. 

      A imagen y semejanza de Apolo, de Dionisio, de Cristo y de Clarice, somos la imagen de lo que no somos, y esa imagen del no ser nos colma por completo, porque uno de los modos más fuertes de ser es ser negativamente. Somos, tras el revelado, nuestro propio negativo. Además, sabemos que existe un microscopio electrónico que muestra la imagen de un objeto ciento sesenta mil veces mayor que su tamaño natural, pero no llamaremos alucinatoria a la visión que se tiene a través de ese microscopio, incluso aunque no se reconozca ya el pequeño objeto que el microscopio aumentó de tamaño monstruosamente.

      ¿Y si siguiéramos divagando en nuestra meditación visual, incluso cuando en el más vertiginoso y sagrado silencio, atentos y seguras sobre el precipicio, muy firmes, procedemos a fotografiar fielmente, con una cámara de placas que ya no se fabrica, la materia fluida del mar? Es absolutamente probable que nos estemos desviando. Mas también, en nuestras visiones “puramente ópticas, de una silla o de un jarrón”, somos víctimas de la desviación: “Mi testimonio visual de un jarrón o de una silla es erróneo en varios puntos”. Volved a dibujar la línea recta y roja y, donde os plazca, marcad un punto, tan oscuro, y tan profundo, como el abismo de la página en blanco. Sacrificaros por amor al Arte al mismísimo Azar. No temáis. El extravío es uno de nuestros modos fatales (y más placenteros) de visualizar, de crear, de materializar cualquier pasión.

      Finalmente, cuando la pasión humana se hace difusa y el placer leve, cuando el arte está reclamando un solemne silencio, es decir, un Final, un punto final, es muy necesario no pensar siquiera en la idea de recomenzar Nada… poco importan, llegados a este límite, el martirio crístico, el vacío oteiziano o la tragedia griega. Intentemos pensar solo en el mar, sin ni siquiera intentar encontrar la belleza ni la fealdad, solo las ondeantes olas y solo las infinitas sucesiones de siglos del mundo a través de la visión del Océano y del Arte Universal. El mar antecede a la visión del mar, la vida antecede al retrato de la vida y sobre todo al paisaje familiar, la materia del cuerpo antecede al cuerpo, y a su vez, de una vez por todas, la expresión más humana, y más viva, el lenguaje caótico del arte Negro y Libre, no privatizado ni colonizado, habrá precedido un día a la posesión de la palabra y también a la posesión del silencio. Entonces, por fin, solo quedará el Mar, el mar que precede a la Visión del mar.

Ainhoa Güemes ^ Nakor 

Inteligentia Naturalis

Disparos sobre blanco

©Derechos de autor. Todos los derechos reservados.

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.